Ana creció en un hogar totalmente disfuncional. Todos los días era testigo de conversaciones difíciles, palabras hirientes y groseras, malos tratos y violencia. Cada vez que su padre estaba enojado, había que esquivar los objetos que surcaban el aire y hacer oídos sordos a la frase con la que se refería a ella: La bastarda. Ni una gota de amor paternal se derramó sobre Ana en toda su vida; ni una; nunca.
¿Que dónde estaba su madre para defenderla? Trabajando a todas horas para poder pagar los estudios de Ana y de su hermano. Salía temprano de la casa y volvía ya tarde en la noche. Toda esa situación familiar hizo que Ana creciera con grandes resentimientos hacia su padre que, desde la misma juventud, quiso superar. Era consciente de que necesitaba hallar la fórmula para perdonarlo. Sin embargo, no la hallaba.
Cuando comenzó a trabajar, Ana utilizó parte de sus recursos para visitar todas las semanas a una psicóloga, aunque para ello debía viajar a un lugar distante. La psicóloga le brindó una valiosa ayuda y sabios consejos espirituales, pero aun así, Ana no era capaz de dar el salto de perdonar a su padre. Decidió simplemente seguir orando y trabajando en su personalidad, confiando en Dios.
El perdón no es un sentimiento, es una decisión. Cuando decides perdonar, Dios te hace sentirte libre y te ayuda a comprender las muchas razones por las que no debemos guardar rencor. Perdonar a los que nos han ofendido nos identifica como hijas de Dios y portadoras de un increíble testimonio. Y si además de perdonar, amamos (respetamos, tratamos bien, oramos por) a la persona que nos hirió, caminamos por una senda todavía más elevada. Elijamos esta segunda opción.
#MatinalDeDamas

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